sábado, 27 de diciembre de 2014

27 de diciembre de 1797

Un día como hoy nace Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador

Manuelita Sáenz empieza su fulguración en la historia americana en 1823, cuando decide acompañar a Bolívar hasta Perú/ Foto: Archivo
Yvke Mundial/ Prensa Psuv
Hoy se cumplen 217 años del nacimiento de una de las más grandes mujeres en la historia de nuestro continenteManuela Sáenz, la caballeresca del sol y la libertadora del libertador.
Hija de Simón Sáenz Vergara, español, y de la criolla María Joaquina de AizpuruManuelita Sáenz, nació en Quito un 27 de diciembre de 1797. Su madre —sobre esto no se tiene certeza histórica— murió el día que nació Manuela o, según otras versiones, dos años más tarde, por lo cual la niña fue entregada al Convento de las Monjas Conceptas (Real Monasterio de la Limpia e Inmaculada Concepción), en el que vivió los primeros años de su vida.
Completada su formación en el convento, pasó al monasterio de Santa Catalina de Siena (Quito), de la Orden de Santo Domingo, donde recibió la clase de educación que en aquellos tiempos se impartía a las señoritas de las familias pudientes de la ciudad. Aprendió a bordar, a elaborar dulces y a comunicarse en inglés y francés, habilidades y labores con las que se mantendría en sus años de exilio en Paita, Perú.
A los 17 años huyó del convento, al parecer, luego de ser seducida por un oficial del Ejército Real. Dos años más tarde, en diciembre de 1816, conoció en Quito a James Thorne, acaudalado médico inglés, veintiséis años mayor que ella, que entonces tenía 19 años. Su padre, por razones de conveniencia, de acuerdo a los usos de la época, pactó su boda para julio de 1817, celebrándose el matrimonio en Lima, ciudad que no conocía las condiciones «ilegítimas» de su nacimiento.
Por tal razón, Manuelita fue inicialmente aceptada en el ambiente aristocrático de la ciudad virreinal, donde se involucró de lleno en actividades políticas, en el marco del descontento creciente hacia las autoridades españolas, situación en la cual las mujeres ejercieron una gran influencia en los círculos virreinales, como ocurría usualmente en todo lo que tenía que ver con la obtención de empleos y cargos para sus padres, esposos e hijos.
Informadas de los acontecimientos en el virreinato, muchas de aquellas damas, entre ellas Manuela, participaron de manera decidida en los movimientos revolucionarios, apoyando la causa de Simón Bolívar en la Nueva Granada y de José San Martín en el Perú. Manuela contribuyó decididamente en el cambio del Batallón Numancia, del cual formaba parte su hermano José María, hacia las filas patriotas. José de San Martín, luego de tomar Lima y proclamar su independencia el 28 de julio de 1821, le confirió a Manuelita Sáenz el título de Caballeresa de la Orden “Sol del Perú”.
Manuela regresó al Ecuador en 1821 para reclamar la parte que le correspondía como herencia. El 16 de junio de 1822 vería por primera vez a Simón Bolívar, durante la entrada triunfal del Libertador a Quito. Así describe el momento en su diario: “Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S. E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S. E. Me ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal acto; pero S. E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano”.
Al encontrarse de nuevo en un baile de bienvenida al Libertador, Bolívar le dirigió estas palabras: «Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España»Poco después, Manuela y Simón Bolívar se convirtieron en amantes y compañeros de lucha. En 1823 Manuelita le acompañó al Perú y permaneció a su lado durante buena parte de las campañas, participando en ellas activamente, hasta culminar la gesta libertadora.
Manuela Sáenz combatió en la Batalla de Pichincha, en la que recibió el grado de teniente de húsares del Ejército Libertador. Posteriormente luchó en Ayacucho bajo las órdenes del mariscal Antonio José de Sucre, quien le sugirió a Bolívar su ascenso a coronela, rango que le fue concedido.
Lograda la Independencia, Bolívar y Manuela se radicaron en la ciudad de Santa Fé de Bogotá, donde el 25 de septiembre de 1828, el Libertador sufriría un atentado que se frustró gracias a la valiente intervención de Manuelita. Sus enemigos políticos, conjurados para darle muerte aquella noche, fueron descubiertos por Manuela al entrar al palacio de San Carlos (actualmente sede de la Cancillería de Colombia). La valiente mujer se plantó frente a los rebeldes, dando tiempo a que Bolívar salvara su vida escapando por la ventana. Por estas acciones, el mismo Bolívar la llamó la “Libertadora del Libertador”.
Después del fallecimiento de Bolívar, el gobierno de Francisco de Paula Santander desterró a Manuelita Sáenz de Colombia, por lo cual hubo de marchar exiliada a Jamaica. Regresó a Ecuador en 1835, pero su pasaporte fue revocado, por lo cual decidió instalarse en el pueblo de Paita, al norte del Perú. Allí sería visitada por personajes como el patriota italiano Giuseppe Garibaldi (quien la acompañó en sus últimos momentos), el escritor peruano Ricardo Palma (que se basó en sus relatos para redactar parte de sus tradiciones peruanas) o el venezolano Simón Rodríguez. Durante los siguientes 25 años viviría de la venta de tabaco, de traducir y escribir cartas para los balleneros americanos que pasaban por la zona, de bordar y hacer dulces por encargo.
Manuelita Sáenz falleció el 23 de noviembre de 1856, a los 59 años de edad, en la población de Paita, Perú, durante una epidemia de difteria que azotó la región. Su cuerpo fue sepultado en una fosa común del cementerio local y todas sus posesiones fueron incineradas, incluyendo una parte importante de las cartas de amor de Bolívar y documentos de la Gran Colombia que aún mantenía bajo su custodia. Manuelita entregó a Daniel Florencio O’Leary gran parte de los documentos con los que éste elaboró la voluminosa biografía sobre el Libertador, de quien Manuela llegó a decir: “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”.
El 5 de julio de 2010, durante la conmemoración del 199° aniversario de la firma del Acta de Independencia de Venezuela, fue colocado en el Panteón Nacional un cofre que contiene tierra de la localidad peruana de Paita, donde fue enterrada Manuela Sáenz.
Estos restos simbólicos fueron trasladados por vía terrestre desde Perú, atravesando Ecuador, Colombia y Venezuela hasta arribar a Caracas, donde reposan en un sarcófago junto al Altar Principal, donde yacen los restos del Padre de la Patria, Simón Bolívar. Adicionalmente, a Sáenz se le concedió póstumamente el ascenso a generala de división del Ejército Nacional Bolivariano por su participación en la guerra independentista, en un acto al que asistieron el presidente de Ecuador y nuestro eterno Comandante, Hugo Chávez.
Ninguna vida de mujer, en la historia latinoamericana, con tan soberbio despliegue de inteligencia, sagacidad y orgullo; valentía, decisión y a la vez señorío puesto en dignidad; capacidad política, sentido de dominio y de poder conspirativo; desinterés, además, y generosidad llevados al último límite. Un carácter, en suma, definidor de un destino. Si se recorre la historia continental desde antes de la independencia, o en ella y después, ninguna mujer aparece con tantas preeminencias, manifestadas todas en el hacer público.
Manuela es la encarnación de la lucha de millones de mujeres por la causa del amor y de la libertad. Es la expresión de lo que significa ser latinoamericano, lo que es la mujer en América Latina, las mujeres en nuestra historia.
Hoy, en un nuevo aniversario de su natalicio y a la luz de los procesos que hoy construimos en Latinoamérica, no basta en recordar a Manuela como la simple compañera sentimental del Libertador, no basta con conmemorar su nacimiento o recordar su muerte cada año. Manuela debe habitar por siempre en nosotros, ser consecuentes con lo que significa Manuela Sáenz, representar para siempre las causas del amor y de la libertad que nos inspira, conspirar por siempre contra la injusticia, revelarnos con la dignidad que tuvo Manuela para erguirse frente a la ignominia, la traición y frente a quienes no creían ni creen en su sagrada causa. Hacer que Manuela exista siempre en nosotros.
27 de diciembre de 1824

Tal día como hoy Antonio José de Sucre recibe el título de Gran Mariscal de Ayacucho

Antonio José de Sucre estuvo al frente de la una de las batallas que fue determinante para la Guerra de Independencia de América del Sur/ Foto: Archivo
Yvke Mundial/ Venciclopedia
El 27 de diciembre de 1824 el General de División Antonio José de Sucre recibe el título de Gran Mariscal de Ayacucho, concedido por el Congreso de Perú por su victoria en la Batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de ese mismo año.
Esta batalla fue determinante para la Guerra de Independencia de América del Sur. Gran Mariscal era el equivalente a General en Jefe en los Ejércitos de Colombia.
Simón Bolívar, en ese momento al frente de Perú, también le concedió el título de Libertador del Perú y el 14 de Febrero de 1825, poco después de cumplir 30 años, Sucre también sería ascendido a General en Jefe por el Congreso de Colombia.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Fue una mujer rebelde y contestaria

Manuela Sáenz, la prócer que batalló por la soberanía y libertad de América

En una carta de fecha 10 de diciembre de 1824, Sucre reconoce el carácter de Sáenz y su importancia en la para la causa independentista (Foto. Archivo)
Además de ser la compañera sentimental del Libertador Simón Bolívar, por lo que se le ha destacado en la historia de América; Manuela Sáenz, nacida el 27 de diciembre de 1797, en Quito, Ecuador, fue una mujer rebelde y contestaria que también combatió en el campo de batalla por la soberanía americana.
Sáenz tuvo una participación activa y protagónica en la batalla contra el imperio español. El 24 de mayo de 1822 participó en la batalla de Pichincha, en la que se selló la libertad de Ecuador; y el 9 de diciembre de 1824 estuvo bajo el mando del General en jefe del Ejército de Colombia, mariscal Antonio José de Sucre en la Batalla de Ayacucho, en la que se alcanzó la libertad de Perú y la de América del Sur.
En una carta de fecha 10 de diciembre de 1824, Sucre reconoce el carácter de Sáenz y su importancia en la para la causa independentista.
"Se ha destacado particularmente doña Manuela Sáenz por su valentía; incorporándose desde el primer momento a la división de Húzares y luego a la de Vencedores; organizado y proporcionando el avituallamiento de las tropas, atendiendo a los soldados heridos, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos (...) Doña Manuela merece un homenaje en particular por su conducta", expresó Sucre.
Más tarde el General Sucre, apoyado por su ejército, homenajeó, como lo dijo, a Sáenz solicitándole a Bolívar que la ascendiera al grado de Coronela del Ejército Libertador; acción que fue cuestionada por el vicepresidente de la República de Colombia, Francisco de Paula Santander, a lo que el Libertador respondió.
"Usted la conoce (a Manuela) muy bien, incluso sabe de su comportamiento cuando algo le enoja. Usted la conoce, tan bien como yo, de su valor, de su arrojo ante el peligro. ¿Qué quiere usted que yo haga? Sucre me lo pide por oficio, el batallón de Húzares la proclama; la oficialidad se reunió para proponerla, y yo, empalagado por el triunfo y su audacia le doy ascenso, sólo con el propósito de hacer justicia. Sepa usted que esta señora no se ha metido nunca en leyes ni en actos que no sean su fervor por la completa Libertad de los pueblos de la opresión y la canalla", distinguió el Libertador en una misiva de fecha 17 de febrero de 1825.
La Libertadora de América
En una carta dirigida al General José María Cordova, Bolívar le exigió respeto para Sáenz y destacó los méritos alcanzados por la prócer, por lo que la llamó libertadora.
"Ella es también Libertadora, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía y valor, sin que usted y otros puedan objetar tal. (...) De este raciocinio viene el respeto que se merece como mujer y como patriota", sentenció el Libertador.
Además, Bolívar reconoció a Manuela como la Libertadora del Libertador por salvar su vida de un atentado en 1828, en Santa Fe Bogotá.
En su Diario de Paita, la propia Manuela Sáenz describe con amor el compromiso que la unió a la libertad de América y a Bolívar, quien entregó su vida a esta causa.
"Juntos movilizamos pueblos enteros a favor de la Revolución, de la Patria. Mujeres cosiendo uniformes, otras tiñendo lienzos o paños para confeccionarlos, y lonas para morrales. A los niños los arengaba y les pedíamos trajeran hierros viejos, hojalatas para fundir y hacer escopetas o cañones; clavos, herraduras, etc. Bueno, yo era toda una comisaria de guerra que no descansó nunca hasta ver el final de todo", recordó Manuela. 
Al referirse, a la Batalla de Ayacucho, expresó su asombro por el papel que cumplió en la contienda. Se calificó a ella misma como "una loca por la libertad"; que acompañó sin temor a todos los hombres que por ella luchaban.
"Yo le di a ese ejército lo que necesitó: ¡valor a toda prueba! y Simón igual. Él hacía más por superarme. Yo no parecía una mujer. Era una loca por la libertad, que era su doctrina. Iba amarrada hasta los dientes, entre choques de bayonetas, salpicaduras de sangre, gritos feroces de arremetidos, gritos de nuestros heridos y moribundos; silbidos de balas, estruendo de cañones. Me maldecían, pero me cuidaban, solo el verme entre el fragor de una batalla les enervaba la sangre. Y triunfábamos. 'Mi Capitana -me dijo un indio-, por usted se salvó la patria", relató.
Tras la muerte de Bolívar, en 1830, Santander destierra a Manuela de Colombia y ella busca exilio en Jamaica; cinco años más tarde intenta fallidamente regresar a Perú, por lo que se instala en el puerto de Paita, en Perú; donde recibió visitas de personajes importantes como Simón Rodríguez.
En Paita, donde permaneció hasta su muerte, Manuela se dedicó a la venta de tabaco, a la confección de bordados y dulces por encargo, y a reflexionar sobre la independencia y la lucha bolivariana, pensamientos que quedaron plasmados en el Diario de Paita. 
Manuela falleció el 23 de noviembre de 1856, víctima de una epidemia de difteria. Los lugareños, quienes temian la propagación de la peste, incendiaron la casa donde yacía su cuerpo sin vida y pusieron sus cenizas en una fosa común. 
El 5 de julio de 2010, sus restos simbólicos fueron trasladados al Panteón Nacional de Venezuela en Caracas, donde también reposan los restos del Libertador.